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Titulitis: un mal endémico

23 ago, 2026 Paco Álvarez Desarrollo Personal formación
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Mercado laboral — La falacia de la titulitis

En España llevamos décadas confundiendo aprobar exámenes con saber trabajar. Y esa confusión, sostenida por inercia y por comodidad, está a punto de estallarle en la cara a todo el sistema.

Hay que decirlo sin envolturas: un título no es una garantía de nada. Es un papel. Certifica, como mucho, que alguien ha sido capaz de superar una serie de exámenes dentro de un marco académico concreto, con unas reglas concretas y unos plazos concretos. Eso es todo lo que certifica. No certifica criterio. No certifica capacidad de ejecución. No certifica que esa persona sepa resolver un problema real cuando el problema real aparece, con sus urgencias, sus zonas grises y sus consecuencias de verdad.

Y sin embargo, seguimos organizando gran parte de nuestro mercado laboral alrededor de ese papel. Lo ponemos en la cabecera del currículum. Lo usamos como primer filtro. Lo tratamos, en la práctica, como si fuera el dato más relevante de todo el proceso de selección. Y no lo es. No lo ha sido nunca, aunque durante mucho tiempo nos haya convenido fingir que sí.

El principio que sostiene todo este artículo es simple, y por simple, incómodo: a un profesional no lo define un papel. Lo definen sus hechos fácticos. Lo define lo que puede demostrar, aquí y ahora, de forma empírica, delante de quien sabe lo suficiente como para juzgarlo con criterio. Todo lo demás es ruido acumulado durante años de comodidad institucional.

El filtro que no filtra

El filtro inútil: cuando decide quién menos sabe del puesto

Vamos al proceso tal y como existe hoy en la inmensa mayoría de las empresas. Un candidato manda su currículum. Ese currículum lo revisa, en primera instancia, el departamento de Recursos Humanos. Y ahí empieza el problema, porque esa primera criba, la que decide quién avanza y quién desaparece del proceso sin que nadie técnico le haya visto trabajar ni una sola vez, la hace generalmente alguien que no tiene un conocimiento técnico profundo de la posición que se está cubriendo.

No es una crítica personal a quienes trabajan en Recursos Humanos. Es una crítica al diseño del proceso. Pedirle a alguien sin bagaje técnico específico que juzgue la solvencia técnica de un candidato es, sencillamente, pedirle algo para lo que esa posición no está pensada. Y el resultado de ese diseño defectuoso es previsible: se filtra por palabras clave en un papel, por el nombre de una universidad, por cómo suena un puesto anterior, o por cómo se desenvuelve alguien en una conversación de cortesía que, revestida de entrevista, en el fondo no evalúa absolutamente nada relevante para el día a día del puesto.

Mientras tanto, la conversación que de verdad importa, la que debería decidirlo todo, la que mantiene el candidato con los especialistas reales del área a la que aspira, queda relegada a una fase posterior, a veces la última, a veces casi decorativa. Se ha invertido el orden lógico de las prioridades. Se le da más peso a la charla de pasillo que a la comprobación empírica. Y así contratamos, muchas veces, no a quien mejor sabe hacer el trabajo, sino a quien mejor ha sabido venderse en una conversación donde nadie técnicamente cualificado estaba escuchando con criterio.

Ese diseño no es neutro. Tiene un coste real, medible, que las empresas pagan después en forma de contrataciones fallidas, periodos de prueba fallidos y equipos que arrastran durante meses a alguien que, sobre el papel, era perfecto.

Hechos por delante

La inversión lógica del proceso: los hechos por delante

Si el problema es de diseño, la solución también tiene que serlo. Y la solución es, en realidad, bastante obvia una vez que se deja de mirar hacia otro lado: el primer paso de cualquier proceso de selección serio debería ser, de manera obligatoria, una evaluación técnica empírica, basada en casos prácticos reales del día a día del puesto. No un test genérico. No una pregunta teórica sacada de un manual. Un caso real, del tipo que esa persona se va a encontrar en su día a día en el entorno laboral.

Y esa primera entrevista, la que de verdad decide si el candidato avanza, tiene que hacerla el especialista de la materia. La persona que va a ser su responsable directo, o alguien del equipo técnico que sepa exactamente qué se necesita para hacer bien ese trabajo. Nadie más está en condiciones de valorar con criterio si lo que dice el currículum es cierto o es, simplemente, una redacción bien hecha.

Las pruebas tienen que reflejar la realidad del negocio, no un examen de saloncito. Resolver un problema real que la empresa haya tenido. Ejecutar, aunque sea a pequeña escala, un proyecto con la complejidad típica de esa posición. Implementar una estandarización operativa concreta y explicar por qué se ha tomado esa decisión y no otra. En vivo. Delante de alguien que sabe distinguir una respuesta sólida de una respuesta bonita.

Esto no es un capricho de exigencia. Es, simplemente, devolver el proceso a la lógica más elemental: antes de hablar de encaje, de cultura o de aspiraciones, hay que comprobar si la persona sabe hacer, en la práctica, aquello para lo que se la quiere contratar. Todo lo demás, sin eso, es construir sobre un supuesto no verificado.

El lugar correcto

El verdadero lugar de las soft skills

Aquí conviene ser muy preciso, porque este punto suele malinterpretarse. Esto no es un artículo contra las soft skills. Es un artículo sobre el momento en el que deben entrar en juego, porque ese momento, tal y como está diseñado hoy el proceso en la mayoría de las empresas, está completamente equivocado.

Recursos Humanos tiene un papel valiosísimo. Pero ese papel llega después, no antes. Llega una vez que el candidato ha superado la prueba técnica y el especialista de la materia ha dado, con conocimiento de causa, su condición de apto. Solo ahí tiene sentido hablar de encaje cultural, de comunicación, de cómo esa persona va a integrarse en el equipo, de sus aspiraciones y de cómo negociar la incorporación.

La lógica es simple, casi molestamente simple: si una persona no sabe resolver el caso práctico que va a formar parte de su trabajo diario, da absolutamente igual lo bien que encaje culturalmente, lo simpática que sea en una entrevista o lo bien que hable de sus valores personales. Ya ha demostrado, con hechos, que no es válida para las funciones del puesto. Evaluar después sus soft skills no es exhaustividad. Es perder el tiempo de todos, incluido el suyo.

Invertir este orden no es solo más justo con el candidato, que deja de depender de una primera impresión subjetiva para poder demostrar lo que sabe. Es también muchísimo más eficiente para la empresa, que deja de invertir tiempo de entrevistas de encaje en gente que, técnicamente, nunca debería haber pasado del primer corte.

Lo que viene

La era de la inteligencia artificial y la muerte del título

Y aquí llega la parte que, para mí, cierra el círculo de manera casi inevitable. La inteligencia artificial ha puesto todavía más en evidencia lo frágil que era ya el valor del título como garantía de nada.

Hoy es muchísimo más fácil que nunca aprobar un examen teórico, sacar adelante un trabajo académico o superar una prueba puramente conceptual con ayuda de estas herramientas. Y eso, guste o no, va a terminar por hundir todavía más el valor real de un título como medida de capacidad profesional. Si aprobar se vuelve más fácil, aprobar deja de significar lo que antes significaba.

Pero lo que la inteligencia artificial no puede hacer por nadie, al menos no todavía ni a corto plazo, es sentarse delante de un problema real de una empresa real y resolverlo en vivo, con criterio propio, asumiendo la responsabilidad de esa decisión delante de alguien que sabe exactamente cómo distinguir una solución sólida de una improvisada.

Por eso creo que el futuro, tarde o temprano, va a poner las cosas en su sitio. Va a corregir, por fin, una mala gestión histórica de cómo se ha contratado talento durante décadas. La demostración práctica, in situ, delante de quien sabe juzgarla, va a convertirse en el único camino real para conseguir un empleo que de verdad importe.

El papel va a dejar de abrir puertas.

Solo los hechos las van a seguir abriendo.

El futuro no te va a preguntar qué estudiaste. Te va a pedir que lo demuestres, aquí y ahora, delante de quien sabe.

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